“Hay una sabiduría impresionante en el pueblo de Kenia”

Desde que es misionero, este sacerdote siente que vive la vida “con más pasión”, y aunque le han dolido mucho las desigualdades y la pobreza extrema de África, admite que del pueblo keniano ha aprendido a valorar más la sencillez y admira de ellos la libertad increíble que sienten frente a Dios.

Alejandro Ruiz es sacerdote de la congregación Don Orione (Pequeña Obra de la Divina Providencia) y oriundo de la ciudad de Los Ángeles, Chile. Desde hace cuatro años misiona en Kenia, África. En octubre de 2001 fue ordenado sacerdote y a partir de entonces desempeñó diversas labores en Chile: asesor espiritual del colegio Don Orione en Santiago, responsable del Cottolengo de Quintero y posteriormente subdirector en el asilo de Cerrillos.

Al cumplir 40 años de edad volvió a florecer en él la vocación misionera y así se lo manifestó a sus superiores, quienes lo destinaron a apoyar una obra que se había iniciado hacía algunos años en África.

Actualmente con más de 12 años como sacerdote Orionista está feliz por todo lo que está viviendo en su misión en Kenia. “Servir es lo mío y me siento muy contento: hago lo que me gusta, ayudo a otros y además esta experiencia me permite crecer como persona y como sacerdote”, señala el religioso sobre su trabajo de formación, rehabilitación y posterior inserción laboral de menores con discapacidad intelectual en esa nación africana.

– Padre Alejandro, ¿en qué año fue enviado a África y a qué lugar específicamente?

En 2009, fue ahí cuando manifesté mi deseo de partir a la Misión, se presentó la oportunidad de ir a Kenia a colaborar en un naciente centro para niños y jóvenes con discapacidad intelectual, que es lo que constituye una de las prioridades pastorales de la Congregación a la cuál pertenezco. Mi disponibilidad era ir a cualquier lugar que fuese necesario. La Providencia quiso que fuera África.

– ¿Cómo nace en usted esta inquietud de salir a misionar a otro continente?

Siendo seminarista tuve la oportunidad de realizar una experiencia misionera en Filipinas, fue allí donde comprendí que la Misión es una necesidad no sólo para quienes son misionados, sino y con mucha fuerza, es y debe ser una necesidad para la Iglesia. Por medio de la Misión volví a re-encantarme con la simpleza y profundidad del Mensaje de Jesús, y comprendí con gran humildad que quien más necesitaba de la Misión era yo mismo.

–  En qué lugar o pueblo está misionando hoy…

Por años estuve trabajando con la tribu Kikuyo,     que son esencialmente agricultores, en una villa a uno 25 Kms. de la ciudad de Thika. Actualmente me encuentro en una villa muy cerca de la Capital (Nairobi), y es un lugar muy interesante ya que por estar cerca de Nairobi concentra personas de distintas tribus como los Masai, que me han marcado mucho, los Luyas, Luos, Kikuyos, etc.

-¿En qué consiste su labor misionera?

Mi misión principal en este momento es organizar un centro para jóvenes y niños con discapacidad intelectual, tenemos uno ya consolidado y nuestra esperanza es muy pronto comenzar con el segundo. Estos centros buscan promover a las personas con estas características por medio de Escuelas Especiales, Centros de rehabilitación físico-sensorial y cuando ya cumplen los 18 años, proveerles de un trabajo digno. Para ello, hemos implementado un sistema de cultivo agrícola que está funcionando muy bien, tenemos un grupo ya contratado que percibe un sueldo que les permite ser más independientes en sus necesidades y ahorrar algo de dinero para más adelante.

-Qué es lo que más le ha marcado -positiva y negativamente- de este servicio misionero.

Impacta muchísimo comprobar las grandes desigualdades que existen en nuestro mundo y en nuestra sociedad, saber que hay niños que aún sienten hambre me golpea profundamente. La impotencia de no poder ayudar a todos los que necesitan, por momentos crea una frustración muy grande en donde sólo Dios te da el consuelo para seguir caminando.

Lejos lo mejor que me ha ocurrido es aprender que el mundo no termina en quienes queremos ni en nuestras fronteras. La generosidad nos hace crecer si somos flexibles en nuestro pensar y generosos en la escucha respetuosa del otro. Siento que he crecido muchísimo, siento que vivo la vida con más pasión y lo poco que entrego, lo hago con profunda alegría.

– En lo personal,  ¿qué significado está teniendo para usted vivir esta experiencia de misión ad gentes?… ¿Vale la pena recomendarla?, ¿por qué?…

Ha sido un “renacer” con toda la profundidad e implicancia de esta palabra. Un Renacer ante Dios y un renacer a mí mismo. La Misión me ha ayudado a recuperar la espontaneidad, la simplicidad y el respeto, desde lo más pequeño a lo más grande. Siento que soy más comprensivo conmigo mismo y también con el resto, he experimentado sin lugar a dudas, una nueva dimensión de la misericordia.

Y, por supuesto que vale la pena recomendarla. A todos quienes han recibido esta invitación de Dios, les digo ¡Vayan, no tengan miedo! Es un proceso que hace bien en todos los aspectos. No siempre es fácil, pero las dificultades ayudan a que esta experiencia sea completa. Es un desafío que se debe tomar con generosidad, responsabilidad y oración permanente.

– ¿Cómo financian la labor que están realizando?

La Misión se financia en su mayoría con los aportes generosos que recibimos desde Chile de personas particulares, un grupo de amigos ha estado junto a nosotros desde el principio y lo siguen haciendo, han sido testigos de nuestros logros y fracasos, y sienten este proyecto como suyo. También estamos postulando permanentemente a distintas fundaciones y ONG que nos puedan dar una mano. Estamos trabajando duro para que la Misión llegue a ser autosustentable, y en este aspecto estamos viendo los primeros frutos con el proyecto de Agro Cultivo. Nuestros productos están siendo hoy comercializados en supermercados y hoteles de la ciudad lo cual nos llena de orgullo.

-¿Por qué dijo que su experiencia con la tribu masai le ha marcado profundamente?

Porque conocer la tribu Masai ha significado para mí el encuentro definitivo con lo Simple, lo fundamental, lo Eterno. Estas personas viven una libertad increíble ante Dios, ante la naturaleza y ante la sociedad. Han mantenido sus tradiciones hasta hoy…no obligan a nadie a vivir como ellos, pero piden que se les respete.

Lo digo muy de corazón, impresiona la simpleza con la que viven, no me atrevo a llamarla pobreza, ya que muchos de ellos no son pobres económicamente, sino que optan por este estilo de vida y lo viven a plenitud… Cuánto bien haría esta experiencia a nuestros pueblos…

Pasado un día, ya no me centraba tanto en lo que faltaba, según mi pobre opinión, sino lo que había… sentía que estaba todo y eso me costó entenderlo. Pedí mucho a Dios me diera la capacidad de observar con el máximo cuidado y respeto sus celebraciones, le pedí profundamente que acallara no sólo mi boca, sino sobre todo mis prejuicios, que evitara las comparaciones y que preparara mi corazón para un verdadero encuentro con estas personas que la verdad me comenzaban a conquistar con su cariño, simpleza, alegría y libertad. Hay una sabiduría impresionante en estas personas. Estando entre ellos, me sentí en el corazón de Kenia.

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