MISIÓN EN DIÁLOGO

El compromiso ecuménico de los discípulos misioneros

  1. En el espíritu dialogal del Concilio Vaticano II

El 21 de noviembre de 1964 se promulgó el Decreto conciliar “Unitatis Redintegratio” (La reconstrucción de la unidad), el cual cristalizó la reflexión del Concilio Vaticano II sobre el compromiso ecuménico de la Iglesia en el camino de la evangelización. En este año 2014 se cumplen 50 años de este significativo momento que marca un hito en el camino del Movimiento ecuménico moderno.

El Movimiento ecuménico es un dinamismo incontenible del Espíritu. Los cristianos, desde la rica diversidad de comuniones eclesiales están llamados a vivir un testimonio común del Evangelio. Esta experiencia de comunión será el signo más elocuente de la credibilidad en el mundo. De allí que cada Iglesia local esté invitada a integrar esta dimensión esencial de su vida pastoral y misionera.

Nos queda claro que uno de los elementos caracterizantes de la misión evangelizadora de nuestras Iglesias locales hoy, de cara a los nuevos contextos epocales en América y, muy especialmente en América Latina y el Caribe, es precisamente “la praxis del diálogo” y un diálogo entendido como “diálogo profético”. Así también lo ha entendido Aparecida, cuando exhorta a las Iglesias locales a “fomentar el diálogo intercultural, interreligioso y ecuménico” (DA 95), a fin que pueda irradiar y contagiar la Buena Noticia en la realidad actual de un continente enriquecido y enriquecedor por su diversidad cultural, religiosa y étnica.

En este camino el Ecumenismo, que nació en un contexto misionero (Asamblea Misionera de Edimburgo 1910) se sitúa como un incontenible impulso profético al diálogo entre los creyentes en Jesucristo y confesantes del Dios Uno y Trino; un irreversible movimiento llamado a secundar el clamor del Maestro a que seamos uno, para que el mundo crea (Jn 17,21), puesto que “la unidad es, en efecto, el sello de la credibilidad de la misión”(Nota Doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, Roma, 2007). Precisamente el Decreto “Unitatis Redintegratio” ofrece los principios católicos a fin que los hijos de la Iglesia vivan este imperativo de la fraternidad evangélica.

El don y la diaconía de la unidad, que tiene como fruto la paz, es un don vinculante y comprometedor, un don que hay que cultivar y madurar en la acogida recíproca, en el respeto mutuo, en la renuncia a todo espíritu de superioridad… Un don de Dios, que en la libertad de sus designios amorosos ha permitido, desde toda eternidad, que su amor, de modo sublime hecho patente en el Misterio Pascual de su Hijo, sea para todo el género humano y la Creación misma; porque a todos quiere hacer llegar su salvación y tiene sus propios caminos, que sólo él conoce, para tocar el corazón de todos sus hijos (Const. Gaudium et Spes, 22)

 

  1. Una nueva sensibilidad… una nueva mentalidad

El Concilio Vaticano II va a marcar un antes y un después, respecto del tema del diálogo. Esto lo expresa muy bien el Decreto conciliar sobre el empeño ecuménico de los católicos, al cual nos hemos referido anteriormente. Una nueva sensibilidad y mentalidad comienza a emerger: una valoración positiva y una acogida respetuosa de las experiencias religiosas de los hombres y mujeres de otras religiones del mundo, y en lo que al ecumenismo se refiere, una valoración teológica y tremendamente fraternal de la eclesialidad de las otras iglesias y comunidades cristianas, también creyentes fieles en Jesucristo, celosas de la Palabra de Dios y testificantes del amor de Dios desde la experiencia comunional de su consagración bautismal.

Esta nueva sensibilidad y mentalidad, que a 50 años del Concilio, ha ido penetrando cada vez más profundamente en la vida de nuestras Iglesias cristianas, no sin sus resistencias, “que las ha llevado a dialogar cuando antes polemizaban, a unir esfuerzos cuando antes se enfrentaban unas a otras, a consultarse mutuamente cuando hace poco tiempo atrás sus relaciones estaban marcadas por el signo de la enemistad” (JULIO DE SANTA ANA. Ecumenismo y Liberación, Madrid, 1987, 14).

Un cristianismo dividido es un escándalo para el mundo y suscita pérdida de credibilidad a nuestra evangelización. El don de la unidad reclama de nuestras vidas de discípulos, la conversión de los corazones. “El auténtico ecumenismo, dice el Decreto Conciliar, no se da sin la conversión interior. Porque los dones de la unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la negación de sí mismo y de una efusión libérrima de la caridad” (Unitatis Redintegratio, 7).

Esta conversión del corazón y la santidad de la vida de los discípulos, son el alma de la ecumenicidad de su vocación misionera, el “presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia” (Unitatis Redintegratio, 8). Con toda razón el gran Papa Misionero, y santo de la Iglesia, Juan Pablo II, nos ha dicho con fuerza y sabiduría de pastor: “el renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un ‘nuevo anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (Redemptoris Missio, 90).

 Este nuevo giro, en el ámbito social, cultural y eclesial, pone en evidencia una nueva actitud, un nuevo modo de ser y de estar en el mundo; un giro antropológico-cultural caracterizado por “una apertura al otro, al que es diferente, y que por eso mismo me interpela, me desafía a reconocer en la realidad lo que es diverso a mí, de mi comunidad, de mi manera particular de comprender las relaciones con los demás y, especialmente, con Dios. De una actitud cerrada, de arrogancia, de autosuficiencia espiritual, las instituciones cristianas, las comunidades que las componen, han evolucionado hacia una disposición a abrirse a los otros y a dialogar con ellos” (JULIO DE SANTA ANA, Ecumenismo, 14).

 

  1. A 50 años de “Unitatis Redintegratio”: un renovado compromiso por la unidad de los cristianos…

 Toda la reflexión conciliar está atravesada por esta nueva mirada al mundo, a las religiones y a las culturas; un nuevo discernimiento teológico, con claras consecuencias en la vida misionera y pastoral de la Iglesia. Este nuevo dinamismo del Espíritu nos abre a la profunda conciencia que si Dios, en su libre designio de amor, quiso acercarse a la historia humana y colocar su tienda en ella, el diálogo cobra su principal fundamento en este acontecimiento revelador y salvífico. Dios a través de su Palabra se hace encuentro dialogal y vivificante con la humanidad a través de su Hijo, la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros (Cf. Jn 1, 1-18; 4,1-42).

 La Iglesia, como comunidad de discípulos misioneros, impulsada por este “don exterior de caridad”, “entabla diálogo con el mundo en el que tiene que vivir. La Iglesia se hace palabra. La Iglesia se hace mensaje. La Iglesia se hace coloquio”, dirá Pablo VI, en su carta magna sobre el diálogo, Ecclesiam Suam (n. 60). No se trata aquí de una “metodología misional” o una estudiada “estrategia pastoral” para un eficaz “proselitismo” o lo que en algunos años atrás, en ciertos círculos eclesiales, se decía, “un ecumenismo del retorno”. No. Se trata de un nuevo estilo, de una nueva apertura universal, un nuevo compromiso, que sólo el amor puede generar desde la misteriosa pedagogía divina del Padre, de la cual la Iglesia, nuestras comunidades eclesiales locales de pertenencia, deben ser siempre su más fiel y transparente “epifanía”; “amor, que sigue siendo la fuerza de la misión, y es también ‘el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno”, nos dijo San Juan Pablo II (Redemptoris Missio, n. 60).

 

Fr. Luis Alberto Nahuelanca M, OFM                                                                                                            Director Comisión Nacional de Misiones

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